domingo, julio 14, 2024
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Cheja

Por William Efraín Abella Herrera – Miembro SAO y Acoaves – wabella@unicauca.edu.co

Aunque se ha ido popularizando el nombre común de “Lora Cabeciazul”, la nominación que le dan las comunidades de donde es originaria esta lora es “Cotorra Cheja” o “Cheja”. Aunque en castellano esta palabra alude a un problema visual, lo más probable que este vernáculo referencie sonidos parecidos en lenguas indígenas, los cuales usan para nombrar a la arcilla.

La subespecie que vemos volar en bandadas bulliciosas en los cielos payaneses es originaria del norte de Colombia, ingresando paulatinamente a la Meseta a través del valle interandino del río Cauca. De hecho, hasta hace menos de dos décadas no se tenían registros de esta lora en la zona. La pregunta a plantearnos es ¿Qué motiva a esta especie a ampliar su distribución geográfica?.

Los taxónomos le llaman Pionus menstruus, binomio que podríamos traducir como “Robusta con rojo bajo la cola”. Además de esta particular descripción nótese su plumaje color verde, la cabeza y el pecho azul, con manchas negras redondas sobre los oídos. Por su parte, los ejemplares juveniles presentan en su cabeza un plumaje verde-azul opaco. Al ojo humano, la Cheja no muestra diferencias entre el macho y la hembra, esto es, no hay dimorfismo sexual.

Son aves de bandadas que se posan y forrajean en los árboles y palmas que les brinden frutos y semillas. Complementa su alimentación consumiendo materiales arcillosos, los cuales le suministran los minerales que requieren para su óptimo bienestar.

Aunque al volar vocalizan bastante, permanecen casi silenciosas al posarse sobre los árboles. Para su descanso nocturno, tienen dormideros comunales. En época de reproducción se les ve en parejas o grupo familiar. De comportamiento monógamo, les encanta acondicionar como nidos las cavidades que hay en palmas y árboles, huecos que han sido abandonados por los pájaros carpinteros.

Son especies de bosque y zonas arboladas, mas también frecuentan áreas deforestadas y cultivos de arroz, maíz y banano. Esto último las expone a ser consideradas un problema para dichas actividades agrícolas. A esta situación se une el que algunas personas las tengan como mascota, lo que incentiva su comercio ilegal, para lo cual son extraídos de los nidos los pichones, con el fin de mascotizarlos. En general, el ave silvestre adulta no se adapta a la cautividad. Recordar que en Colombia la venta y tenencia de estas especies nativas constituye un delito.

Como la mayoría de las loras, estas emplumadas tienen una longevidad alta, en este caso en particular la Cheja puede vivir hasta los 45 años superando la vida de su eventual “dueño”, lo cual nos lleva desaconsejar su mascotización, ya que, tras la muerte del humano quedan abandonadas a su suerte.

Es un ave diseñada con alas para volar junto a su bandada de congéneres, cumpliendo su vital designio, y no para tenerla en jaulas, aviarios o en una supuesta libertad de alas cortadas. Señalar que los ejemplares que se mantienen en cautividad no son adecuadamente alimentados, a esto se suma la impronta que le dejan los humanos por tanto tiempo de dependencia de éstos, lo que lleva a ser muy difícil su proceso de rehabilitación y adaptación a la vida silvestre.

No obstante estar ampliando su distribución, la principal afectación de estas loras, como de otras aves, es la pérdida de sus hábitats naturales. La segunda, su tenencia como supuesta mascota. Hay que trabajar para que las leyes ambientales se apliquen, en articulación con procesos de educación ambiental que desestimulen el tener especies nativas en nuestras viviendas, a su vez, promover la protección y restauración de sus ecosistemas .

Creo que ya es hora que reflexionemos sobre las enseñanzas que nos dejó la génesis del Covid y las otras pandemias que hemos vivido, e iniciar a guardar el respeto y la distancia prudente de la vida silvestre. Esto es fundamental para su bienestar y el nuestro.

Pie de foto: Cheja o Lora Cabeciazul . Fotografía: Luis Ramírez Mera.

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