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De esmoquin o smoking a frac

JESÚS ASTAÍZA MOSQUERA.

Después de la primera vez nunca sospeché que me iba a tocar una segunda. No piensen mal. Cuando en la Alcaldía el polifacético jefe de protocolo me invitó a participar de las PROCESIONES, el martes Santo, con esmoquin o smoking incorporado, amén, de darle las gracias, me sentí no como mosco en leche porque eso es muy trillado, sino como jubilado recibiendo la primer mesada.

Para mí, como patojo sin cubilete, fue un verdadero honor. Se requieren difíciles aprendizajes adobados con gracias celestiales, para participar sin abrumarse por los dimes y diretes que se escuchan a pepo y cuarta del andén. El comentario, dado por manotadas, debe obviarse, haciendo de tripas corazón, así a ellos el corazón se les vuelva una tripa, de pensar por qué se está allí y no ellos.

Pleno de felicidad me hice el propósito de salir así truene, llueve o relampaguee. Al escuchar mis cuitas, uno de los lustrabotas del parque, me alentó: hágale patroncito, han estado en igual situación, peores, porque no usted. No sé si me fregó, pero que me picó me picó. En ese instante me jugaba la oportunidad de la perennidad o el olvido total.

Comprendí en su magnitud lo que los miembros de la Junta de Semana Santa han tenido que soportar para mantener la historia y defender con celo su organización y participación en tan magnas ceremonias. Todo se torna en un arte digno, desde vender maní, barrer, hacer fila, cargar, regir, sahumar, alumbrar, hasta desfilar. Nada desdora, ni mengua la fastuosidad del desfile sacro.

Al contar el hecho, un amigo de la Tertulia Payanesa me alentó a no despreciar el momento y de buena fe me recomendó: caminar con pecho de paloma, espaldar “apretao” de prócer, mirada de águila, -a mí que soy de poca luz- y sonrisa de político en campaña. Esta última es facilísima de copiar, basta mirar a… No, eso no, le respondí; en Semana Santa si uno habla mal de alguien la lengua se le convierte en una suela de alpargata y ya, con las que hay, sobra.

Allí comenzó el viacrucis, sin necesidad de rezarlo en la iglesia. Mi mujercita con la seguridad de siempre, me dijo tranquilo: lo del esmoquin, -le quité la otra forma de escribir-, para acortar, no es complicado. Lo complicado es cuando lo tenga puesto y empiece a andar. Nada de quedarse dormido en las pausas. Camine parsimoniosamente como verdadero patojo. Usted va a lo que va.

Lo cierto fue que empecé a rebuscar el traje. El jueves, bien a las cinco de la mañana, me encaminé al famoso “AGÁCHESE” y nadie me dio razón de lo que era un “smoking”, antes por el contrario, alguien que deletreaba un pobre bilingüismo, me vio cara de gringo y me dijo: usted si es bien tembo, antes no me dijo “tombo”, vaya rapidito a APOLO 11, que allí estaba uno colgado. Me fui volando, antes de que me colgaran a mí. Cuando llegué, la señora muy decentemente comentó que ya lo había vendido, hasta barato, -yo no sé si sería cierto-, a un concejal. Salí más aburrido que un desayuno de trabajo a las tres de la tarde.

En una de esas fui a la oficina de Toñito Fernández cuando precisamente una modista estaba tomando las medidas a los secretarios para confeccionar el traje a sus justas proporciones y no tener que meter la barriga durante la procesión, hacer el esfuerzo de andar con el estómago “chupao” o atreverse a dejarlo descansar por fuera. En últimas, si no hay de otra por llegar tarde meterlo a la fuerza con el riesgo de un paro cardiaco, que de ninguna manera es conveniente, pues aún queda el período de cuatro años por disfrutar.

Total nos tomaron las medidas a “calzón quitao”. A los que no llegaron a la toma, aclaro, de las medidas, les informaron del alquiler de vestidos, costumbre que en mi casa no existía, pues mi mamá arreglaba los de mis hermanos para los menores y todos estrenábamos dobladillo.

La víspera del desfile, llegué a recoger el esmoquin. Por carecer de experiencia había confundido los nombres. Al medirme el primero quedé todo “juagao”. Era grandote. No sé si sería el del Alcalde Ramiro. Me sobraban como dos pisos de piernas. La camisa en los tobillos y el corbatín me quedó como un rosario, un trisito arriba de la hernia umbilical. Cuando mi sobrino Juan Pablo vio que el saco me daba en los meros juanetes, buscando soluciones dijo: no importa tío, que el saco le quede largo, mande almidonarlo y cuando se canse se sienta en él. Las señoritas que estaban por allí, casi se…de la risa y a la larga yo también. El dueño no sabía qué hacer y me pasó otro: los pantalones me quedaron pica pollos, la camisa tenía que completarla con almohada sin silicona y el corbatín me ajustó después de tres vueltas en el pescuezo.

Derrotado me dijo el promitente alquilador: voy a armarle uno como si fuera un paso. Comenzó meticulosamente el cambio extremo. Le cogieron a la camisa y el sobrante se lo echaron a la espalda, como hacen con las arrugas de la cara, los pantalones sufrieron su metamorfosis y a la verdad el trabajo fue tan bueno que quedé “lujis”.

Antecito de la hora empezó el familiar calentamiento de oído: no se vaya a poner a saludar al gato y al pelagato…mire por donde camina no vaya a ser cosa de que se caiga o se choque con los que van adelante…siga en la fila pero en fila, evitando hacer el oso cuando ellos vayan por un lado y usted por el otro…nada de masticar chicle como caballo con freno…no se adelante ni se atrase…lleve este bocadillito en el bolsillo de atrás como avío, pues usted sufre de hipoglicemia…yo voy a estar en el parque para sacarle unas fotos, no olvide medio sonreír sin carcajearse a mandíbula batiente.

Llegué de primero a la Alcaldía para la reunión preliminar. Guillermo, el de la radio y prensa, como buen observador me preguntó por los guantes. Elemento que no me dieron en el almacén. Salí tan disparado que la gente abría campo, (antes nadie gritó: ¡cojanlo!) y por fortuna alcancé a llegar con la lengua afuera cuando el almacén estaba a punto de cerrar.

Recibí los primeros que me pasaron, y partí más rápido que funcionario recién nombrado. Ya se estaban tomando fotos en grupo y no pude meterme cerca al Alcalde, como era mi deseo, pues en esa “peñusquiña” me ganaron de puesto. Logré a duras penas cuadrarme y allí quedé para la historia, pero de mi casa.

Empezó el desfile. Muy orondo me sentía. El orgullo se notaba. Al pasar, allicito no más, en la antigua Ferretería Argentina, un amigo,- qué amigazo-, me hizo pucheros haciendo notar que en mi mano izquierda algo andaba mal. Al llevar el puño cerrado, el dedo mocho del guante me quedaba “parao”, haciendo pistola. De puro cristiano le sonreí y me tocó meter en la palma de la mano la mitad del dedo del guante y volví a quedar “lujis”. Manes de la vida.

Tomé aire, que todavía es gratis. No faltaron las fotos y cuando ya la procesión iba con toda la solemnidad y estaba presto para quedar en cinta en el canal local y mis amigos y familia esperaban felices que pasara por Santo Domingo, se desgranó un palo de agua que se tiró en todo. Loado sea el Señor. Con los días supe que el tan famoso esmoquin o smoking se llamaba: ¡FRAC!

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