jueves, julio 18, 2024
No menu items!
spot_img
InicioMAS NOTICIASLetras que abrigan… palabras que envuelve

Letras que abrigan… palabras que envuelve

Luis Guillermo Jaramillo Echeverri

Universidad del Cauca

Sin más fuerzas que las de sus propios pasos, nuestro lector regresa a casa seducido por el despertar de la noche. Saluda con su habitual ¡ya llegué!, anunciando su retorno al espacio familiar. Como de costumbre llega con un libro debajo del brazo. En ese momento recuerda que por años ha mantenido el hábito heredado del abuelo de leer a cualquier hora y en todo lugar. Desde sus tiernos años estuvo rodeado de libros y revistas. Aprendió a descifrar las letras preguntando con insistencia al abuelo qué decían esos diminutos trazos que llenaban las grandes hojas de papel; hojas que, días después, su madre utilizaba para empacar cosas y limpiar los vidrios de las ventanas. A través de los lentes gruesos del abuelo aprendió las primeras letras y, con ellas, a nombrar el mundo a través de la escritura. Desde entonces su vida ha estado entreverada con las páginas de algún libro.

Recuerda que camino a la escuela, en su pequeño morral, llevaba un libro en medio de los cuadernos que traía de la biblioteca de casa; texto que leía, sin pudor, debajo del escritorio mientras la maestra orientaba clase. El libro era un lugar familiar en el cual estar; así no se sentía tan lejos de casa, ni del abuelo, quien iba por él al deshojarse la mañana y, con ella, la jornada escolar. Así transcurrió la escuela, el colegio y la universidad. Nunca le faltó un libro en las manos, ni le colmó uno en la vida. Leía en los descansos académicos, en el bus de regreso a casa, a veces en medio de las comidas –fascinado por saber cómo se resolvería la novela de turno– y en las noches interminables donde el sueño se disipaba por el arrobo de las palabras. Con frecuencia se sentía parte de la trama de los personajes; llegó a experimentar rabia, dolor o angustia por las decisiones que estos tomaban, gastando no poco tiempo en pensar cómo habría resuelto él la situación.

En su vida adulta se le hizo usual llevar un libro a todas partes. Salía con él de casa como quien lleva a alguien de la mano para realizar las actividades del día. En las noches regresaba, a veces sin abrirlo… agradecido por el silencio cómplice de su compañía. Era el amigo con quien podía contar en todo momento, sobre todo para escapar de esa realidad que lo da todo por hecho. Los hijos crecieron viendo las manías lectoras de su padre; sabían que nunca le faltaría un libro de camino al trabajo o de regreso a casa. Decían, en medio de chistes que si algún día a su padre le llegara a pasar algo, sería fácilmente encontrado por portar un libro en sus manos; así que preguntarían primeramente por el estado del libro y luego por su salud. En el tiempo de vacaciones era común encontrarlo en pequeñas librerías o tiendas antiguas donde hallaba libros difíciles de conseguir; no pocas veces terminó llevando más textos en su maleta que ropa de verano.

En su casa hizo un lugar especial para ellos. Allí reposaban esperando ser levantados desde sus lomos por un índice que los señalaba y elegía para caminar en compañía del ávido lector. Algunos permanecían durante meses en la mesa de noche, otros en la sala de estar y otros en el comedor con una pizca de sal en la solapa. Su compañera de vida se acostumbró a dormir con la lámpara encendida del otro lado de la cama; luz que a veces se apagaba con el frío anunciado por la madrugada.

Decía que los libros son esos amigos que te abrazan con el encanto de sus palabras: te acompañan en silencio, te llevan a lugares sosegados en medio de un caos citadino o del bullicio de los días, y son excelentes conversadores que se abren sin recelo frente a ti… te hacen sentir menos solo. Se volvió costumbre en el trabajo que los compañeros le preguntasen qué estaba leyendo en ese momento. Él respondía, poseído por las palabras: que solo les contaría el resumen para que no dejasen de tener el gusto de conocer al amigo por su propia cuenta.

Pues bien, ya en casa y con el cansancio acumulado del día, mientras los hijos anuncian la hora de la cena, se dirige al dormitorio a reposar un poco. Se quita los zapatos, se recuesta y levanta el libro del nochero para continuar con la lectura suspendida de la noche anterior. El separador delata la página escondida; le recuerda la iniciación del capítulo siguiente. El libro es Las olas de Virginia Woolf. Emprende con interés su lectura: “El sol se elevó. Líneas verdes y amarillas cayeron sobre la playa, dorando los costillares de la consumida barca, dando un brillo azul de acero a las planas hojas de las algas. La luz casi perforaba las delgadas y rápidas olas que en forma de abanico corrían veloces sobre la playa. (p.75).

A medida que leía el peso del libro fue más fuerte que el sostén de los brazos. Sus ojos se fueron cerrando poco a poco; aun así, las manos se resistían a soltar el texto, quedando el libro extendido completamente sobre su pecho. Se sintió arropado, como si las palabras se dispersaran por la cama cubriéndolo con un manto de letras que le daban un tierno calor escritural. Sintió que el libro –que era a su vez todos los libros– le abrazaba en actitud de gratitud por todos los años compartidos. Respiraba profundamente, viendo a través de un sueño las imágenes crepusculares descritas por Virginia Woolf, mientras recordaba el fulgor de la luna de camino a casa, lo que asimiló con el horizonte plateado del mar donde se bañaba el rojo atardecer. Respiraba… suspiraba; el libro se movía con el movimiento del pecho, arrullo incesante que movía las páginas como el vaivén de las olas descritas por Woolf. Estaba abrazado por las palabras que le habían enseñado a dormir, dejando de lado, por un instante eterno, las preocupaciones del día.

Transcurrida media hora –o quizá toda una vida– los hijos le llaman a cenar. Uno de ellos se acerca y levanta el libro sobre su pecho; nuestro lector despierta sintiendo que algo le falta, experimenta un cierto grado de orfandad, pierde la noción del tiempo. Pregunta: ¿dónde estoy?; su hijo responde que en casa y que ya es hora de cenar. Según recordaba estaba en medio “de olas delgadas y rápidas en forma de abanico que corrían veloces sobre la playa”. –Te has quedado dormido con el libro abierto sobre el pecho… algo que también pasaba con el abuelo–, le recordó el hijo. Él, sin embargo, evocó a la abuela, y las hojas con las que ella envolvía y guardaba lo más preciado. –A lo mejor estoy envuelto entre páginas, guardado por las palabras–. Se acomoda los lentes, vuelve a tomar el libro entre sus manos y van los tres juntos a cenar.

Referencias

Woolf, V. (2010). Las olas. Lumen

DEJA TU COMENTARIO

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

ARTICULOS RELACIONADOS

NOTAS DE INTERÉS

- Publicidad -spot_img

Comentarios recientes

Carlos Alberto Manrique Barrios en Colombia: Un País Festivo
Francisco samboni en Las formas de la adivinación
Diana Bolena Sánchez hoyos en Adán y la primera vez
César Augusto en Filosofía de los Afectos 7
Alvaro Diaz en Madre, en tu día
Fernando Acosta Riveros en Mujeres en el siglo XXI
El Liberal en Loro Orejiamarillo
ALVARO EFREN DIAZ SEDANO en Loro Orejiamarillo
David Fernando Fernández Montilla en Las araucarias mueren de pie
Carlos Alberto Manrique Barrios en Mesa de dialogo de la Cultura y el Turismo en Popayán
Fany bolaños en Majan