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Limitación por exceso de mirada

Por Luis Guillermo Jaramillo E – Universidad del Cauca

Miro a los que me miran sin verme

y sé que no soy visto.

No es de extrañar que una humanidad donde su constante es la “normalidad”, se sienta atraída ante aquellas personas que no están dentro de los patrones o cánones socialmente aceptados: caminar, escuchar, hablar “correctamente”; responder acorde a una petición… portarse con moderación. “Normalidad” donde los procesos de interacción fluyen relativamente bien, o al menos no son discordantes con los modos dominantes de proceder, desde una comunicación que espera una expresión “adecuada” del otro. Es distinto cuando alguien no se ajusta a los moldes; experiencias de encuentro que despiertan una expectativa, un querer conocer asuntos que nos conecten con su singularidad. Primero viene la disposición, después el encuentro, luego la interacción; tiempos para conversar donde el otro nos habla y escucha sin más pretensiones que la de comprendernos existencialmente. Bien lo decía Gadamer, “estamos acostumbramos a decir que «llevamos» una conversación, pero en realidad es que, cuanto más auténtica es la conversación, menos posibilidades tenemos de «llevarla» en la dirección que desearíamos” (Gadamer,1993: 461).

En el año 2022 el filósofo español Gregorio Luri orientó una conferencia en Colombia a un grupo de jóvenes en un Encuentro de Iberoamericano de Filosofía. Al percibir que era un auditorio sediento de palabra, pero en completo silencio, les compartió un pasaje de Platón: “estaba Sócrates hablando con un grupo de jóvenes como ellos. Todos participaban de manera entusiasta en el diálogo… Todos, menos uno, que, recogido en sí mismo, no abría la boca. Sócrates, que venía observándolo con detenimiento, finalmente le dijo: «¡Habla, para que te vea!»” (2022). Con esto quiso decirles que no bastaba con asistir, es importante hablar para ser visto, expresarse para que nuestras aspiraciones, temores y existencias ocupen un lugar en el mundo. Al terminar su conferencia los jóvenes empezaron a hablar, gestándose un debate filosófico sobre la realidad de los estudiantes colombianos. Ellos llevaron su experiencia a la articulación de ideas y a la reflexión.

El deseo de palabra nos visibiliza frente a los demás; sin embargo, estamos en una cultura donde poco se mira desde la voz; palabra hecha logos (conocimiento) que nos hace salir del anonimato. La belleza de alguien está en su interior, en lo que tiene por decirnos. Conocimiento que nos dona y profundiza en la medida que la interacción es rica en experiencias y sentidos vividos. Todos hemos experimentado, alguna vez, cómo las relaciones se profundizan en el encuentro continuo, cómo las miradas dejan de ser extrañas, se alejan de la normalidad para volverse íntimas, así más adelante entremos en decepción o, por el contrario, continuemos escalando las cumbres de la escarpada amistad. Pero con la discapacidad no pasa lo mismo, ¡¿por qué?!

Las personas con discapacidad son observadas primero por su deficiencia: un sordo llama la atención cuando se expresa con el cuerpo; la epidermis de un ciego no comienza en la mano sino en la punta de su bastón (Merleau-Ponty); vemos al que se desplaza con habilidad en su silla de ruedas y al que se comunica vitalmente desde su discapacidad cognitiva. La mirada se fija, inicialmente en lo que se sale de lo “normal”, no en el conocimiento de su interioridad, de su mundo personal; en aquello que tiene por decirnos. Esto vendría mucho después, si es que nos aventuramos a entrar en relación con él o ella, y si no lo “manchamos con la mirada”, como decía Nietzsche; reacción propia de una sociedad eminentemente óculo-centrista donde le es imposible observarse de manera distinta.

La discapacidad es la promesa que se nos da para vernos y expresarnos de otras formas; intentar salirnos de la “normalidad” y permitirnos conversar desde una humanidad que acepta la diferencia. El sordo nos enseña a hablar más con sus manos, el ciego a sentir hondamente por los poros de la piel y el que vive la discapacidad cognitiva a interactuar desde otras posibilidades y ritmos de interacción. “Anormales” que desafían nuestros estereotipos de normalidad. En ellos subsiste una coreografía de gestos, su palabra se expresa desde la limitación como un desafío que invoca a la acogida, al desnudamiento de nuestra alma a través de una visibilidad que nos regala su condición.

El pedagogo argentino Carlos Skliar comentó hace unos años en un evento sobre Inclusión y Diferencia, que en cierta ocasión se acercó a un hombre en silla de ruedas para preguntarle cómo estaba, este le contestó: siempre que me encuentro con alguien miran primero mi condición y luego me saludan; las personas se sienten como obligadas a saludarme. Les llama primero la atención que esté en esta silla; no se acercan por saber algo de mí, parecen incapaces de seguir viéndome por fuera de mi condición. Cuando se cruzan conmigo, primero miran hacia abajo, mudan el rostro y luego saludan. Tal vez si no estuviera en esta silla de ruedas posiblemente pasarían de largo, pensando o atendiendo otros asuntos. No soy uno más, no paso desapercibido. Existe una suerte de conspiración silenciosa que desnuda mi situación antes que el interés por querer saber algo de mí. Sería mejor que –en medio de la diferencia– se me trate como a cualquiera; que sigan su camino y solo si están interesados en conocerme me miren, se detengan y hablen para ser visible ante ellos.

Situación que de forma similar me sucedió con un vigilante en la universidad, a quien identifico por su condición como una persona en silla de ruedas. Muchas veces le saludo sin preguntar su nombre, solo le dirijo una mirada de cortesía. Creo que es el vigilante más mirado y saludado de la Facultad a la que pertenezco, lo cual no es una crítica o ironía, pero vale la pena pensar si los otros vigilantes son igualmente mirados y saludados con la misma consideración con la que se mira y saluda a este hombre por su condición. Planteemos un caso hipotético: en una conversación en la universidad uno de mis colegas dice: imagínense que a Camilo le sucedió una cierta situación. En ese momento le pregunto –¿cuál Camilo? –, él me responderá, –el guarda o vigilante de la entrada de la Facultad–. Yo pensaría o al menos diría con cierto encogimiento, –ahhh, “el vigilante en silla de ruedas” … no sabía que se llamaba Camilo–. En este momento me doy cuenta que siempre lo identifiqué por su condición y no por su nombre.

Ahora bien, una noche saliendo de la Facultad, me encuentro con él después de un tiempo de no verlo. Confieso que aún no recordaba su nombre, así que decidí acercarme y entablar unas cortas palabras. Como siempre me saludó con simpatía y me preguntó: ¿cómo está profe? Esta vez no solo contesté, sino que le pregunté el por qué no le había vuelto a ver en la portería de la Facultad, me respondió que su turno ahora es de noche y que pronto saldría a vacaciones. ¿Qué vas a hacer?… pregunto. Me contestó que los primeros días estaría en la ciudad y luego irá a visitar a su familia. Allí empecé a conocer a la persona, no al usuario en silla de ruedas. Después de un rato le pedí que me recordara su nombre, –¡Camilo, profe! Respondió. La mirada en esos momentos cambió. Camilo desnudó mis limitaciones sobre su humanidad. Goethe decía: “la única manera de crecer es limitarse”. Esa noche crecí un poco más. Toda óptica es una ética (Levinas), un encuentro del cual evitamos la captura del otro con nuestros convencionalismos sociales; interacción desde la cual deseamos ingresar al infinito de su lenguaje, de su ser; rehenes de su amor… y su bondad ilimitada.

Palabras de presentación del libro de los profesores

Nancy Janeth Molano, Carlos Ignacio Zúñiga y

Robinsón Meneses:

Discapacidad: Actividad Física y Recreación Adaptada.

Samava – Universidad del Cauca.

Referencias

Luri, G. (octubre de 2022). Cúcuta y la salsa de tomate. Diario El Debate.

Gadamer, G-H. (1993). Verdad y Método. Sígueme

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