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InicioCOLUMNISTASGustavo Adolfo Constaín R.Los experimentos: Los Alpes, el grimorio perdido

Los experimentos: Los Alpes, el grimorio perdido

The Plush Ripper.

Capítulo I_47.

. Parte dos.

El grimorio perdido es el gemelo malvado del “Libro”, por decirlo de alguna manera, aunque éste último responde a su poseedor según el grado de humanidad que posea. El grimorio perdido, en cambio, no hace esta selección: para que se convierta en su mago invocador, escoge siempre al más indeseable.

En el Forschungslabore debajo del Mont Blanc, las SS de Adolf Hitler reproducirían un acto de magia invocativa tan vergonzoso y depravado que no se realizaba desde la creación de la torre de Babel. En la gran sala debajo de la montaña se reunieron médicos y científicos de las SS junto con miembros de la Ahnenerbe, así como SS de la Orden de la Calavera y de una nueva división que no portaba uniforme ni otros signos visibles de su rango o pertenencia dentro del ejército. Los exploradores de las SS en el mundo habían encontrado el grimorio perdido bajo el suelo de una pirámide en Egipto; sabiendo de su invaluable valor, decidieron llevarla directamente a Berlín.

Los magos que lo descubrieron y que conocían de sobra acerca de su poder, dieron la orden perentoria de que siempre debía haber un inocente para ofrecer como sacrificio al libro al lado de la guardia militar. Se contaron quince víctimas en el viaje, incluyendo un guardia de la SS que portaba un crucifijo bajo su ropa. Desde Berlín, el viaje continuó en tren, y luego en camiones. Tenían órdenes directas de Himmler: ninguna autoridad civil o militar podía requisarlos.

En su apariencia, el grimorio perdido parecía una gran Biblia cristiana; a veces, durante el día, tomaba un color rojizo como la sangre humana, y otras veces, negro. Los que vivieron para contarlo decían que cuando esto ocurría, se asemejaba a ver a través de una cortina muy oscura y que, al acercarse, se tornaba cada vez más intensamente negra, dando la impresión que el libro los llamaba. Era la voz de un conocido del que no se recordaba bien el nombre, produciendo una sensación de sosiego y tranquilidad.

El grimorio, en esencia, daba unas instrucciones muy sencillas para comenzar: en la primera hoja solicitaba un operante –que debía ser malvado, más allá de cualquier apariencia, y un inocente, el más puro de ellos-. Escrito en un idioma antiguo ya desaparecido, fue rápidamente interpretado por los traductores de las SS.

Fuera del Laboratorio, expertos en magia habían empezado a dibujar signos esotéricos muy antiguos en la pared, piso y techo; los símbolos se debían rubricar de un solo trazo, sin repasar las líneas ni borrar para corregir. Gracias a la experiencia que poseían en estos asuntos, la obra se realizó en las condiciones solicitadas.

El lugar del experimento era una gran sala redonda totalmente de piedra. Tenía grandes ventanales de vidrio donde los científicos anotarían con lujo de detalles todos los datos que el experimento iba arrojando en bitácoras, y cámaras cinematográficas y fotográficas. Allí, en esas oficinas llenas de científicos, expertos en diversas ciencias, miembros de las SS y de la nueva división creada, se podían ver dibujados signos esotéricos de protección contra demonios, trazados de igual forma que los que se hicieron fuera de todo el complejo. Era una construcción de tres círculos concéntricos: en el primer círculo de piedra se hallaba la sala de invocación; en la segunda sala circular, hecha de madera, se ubicaban los investigadores, y en la última, de piedra también, los pasillos encerraban las dos salas anteriores. Había ocho accesos para dar al exterior, y entre la sala de la invocación y la de los investigadores -que se comunicaban entre sí- se encontraba una sola puerta, que por el lado que conectaba con el salón de los científicos tenía dibujadas dos cruces: una templaría y otra cristiana, que fue elaborada con tierra santa traída del monte Gólgota.

A las siete en punto de esa noche se había organizado una gran cena. Estaban presentes todos los oficiales, médicos y científicos de las SS con la insignia del partido en la solapa, así como los civiles de la nueva orden cuya misión era un misterio. El oficial de la SS que estaba al mando, nombrado directamente por Himmler, su amigo y jefe, empezó con una oración en un dialecto ya desaparecido. La mayoría de los presentes la conocía y la repitió después de él. Luego, leyó un sencillo discurso que afirmaba que la guerra exige hacer cualquier esfuerzo para ganarla: todos ellos estaban firmemente convencidos de que eran la luz, y que los demás representaban la oscuridad, de modo que sólo ellos tenían la potestad de llevar al hombre, y no solo a los alemanes, a un paraíso terrenal. Esto, por supuesto, excluía a los judíos. Cuando el oficial leyó esto, todos rieron a rabiar. Después chocaron las copas con el acostumbrado “¡Heil Hitler!”.

La ceremonia empezaría a las tres de la madrugada, era la fiesta de Walpurgis.

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