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¡Obras maestras!

Por Luis Guillermo Jaramillo E – Universidad del Cauca

En el mundo del arte una obra maestra es reconocida, por lo general, como un producto único que goza de cierta originalidad, no solo por lo que comunica sino por cómo lo comunica; muestra de ingenio y destreza creativa donde las habilidades y recursos se entremezclan para reflejar un modo de pensar que controvierte, de cierto modo, los cánones establecidos de una época. En ella, el o la artista pone especial cuidado en los detalles y acabados. Una obra maestra guarda una magnificencia, un modo de comprender el mundo; en ella se conjugan texturas, expresiones y sentidos que despiertan interés, tanto por lo creativo en su composición, como por la posibilidad de revelar enigmas y significados poco percibidos en una sociedad.

Ahora bien, fijemos la mirada en cada una de las palabras que componen esta frase: obra maestra. La primera implica creación o invención de un objeto cuya revelación causa asombro, admiración. La segunda implica una experticia, una dedicación que requiere la elaboración de un objeto para ser considerado grande… magno. Ambas palabras se conjugan para calificar al objeto creado como Obra Maestra. Es la maestría la que da al objeto la apreciación de extraordinario, sea este una obra arquitectónica, una creación literaria, una pieza musical, la expresión en un cuadro… la manifestación de un movimiento hecho danza.

Pero, ¿qué tal si ese impulso creativo que estima una obra como “maestra” se utiliza para nombrar a una persona?; y ¿qué tal si consideramos que la maestría no es la que determina una obra, sino que más bien trata de alguien que desempeña una función, un hacer, una enseñanza? Desde esta mirada la palabra “obra” también cambia, pues pasa de ser objeto creado a ser una acción, un obrar. La maestría ya no sería la ejecución magna sobre un objeto sino lo que caracteriza a alguien que desempeña un oficio. El sentido ahora está en el hacer del maestro/maestra, expresado casi que en imperativo: ¡obrad! Exclamación que lleva un hacer relacional y no un cincelar, diseñar o moldear un objeto. Es un obrar para y con los otros, lo que implica una dedicación, una laboriosidad, una atención… una tensión.

Los maestros/maestras obran de muchas maneras; desempeñan funciones que superan su ejercicio laboral: “tienen que hacer de primer respondiente, de padre o madre sustituta, de soporte psicológico, de policía o asistente social, recreacionista, negociador de conflictos” (Saldarriaga, 2024). Esto hace que la labor dedicada a la enseñanza sea de fronteras imprecisas, de obligaciones que exceden la materia o asignatura que enseñan, en tanto no están dedicados solamente a ella. Ellos/ellas no pueden ser indemnes a la realidad de sus estudiantes: conflictos en casa y en la escuela; el manejo de la frustración cuando se pierde una materia, un periodo, el año; sobrellevar la muerte, siempre inesperada, de un familiar o compañero; la búsqueda de reconocimiento y aceptación; las contradicciones vividas, entre expectativas y posibilidades. Realidades que desbordan protocolos, metodologías y procedimientos institucionales. Su obrar lleva consigo otros modos de encuentro, relaciones que no pasan por la justificación declarada de un informe, sino por un proceso empático que implica ingresar a terrenos de responsabilidad ética.

En nuestros maestros/maestras bien cabe el dicho popular: “obras son amores, y no solo buenas razones”; acciones que se acompañan de palabras, de una reflexión que empuja al acto educativo. Contingentemente deben responder a aconteceres institucionales que parecieran resistirse a lo planeado; decisiones que forman parte de su quehacer pedagógico y que exigen un compromiso asociado a la diversidad de encuentros y complejidades propias de su devenir escolar. Ellas y ellos se encargan de la “dirección de grupo de estudiantes en un determinado grado, lo que, además, implica diligenciar ciertos formatos de seguimiento de los estudiantes y realizar una tarea de formación y acompañamiento muy específica, la misma que supone la atención de todos los padres de familia a ese grupo; además, realización de carteleras, actos cívicos y eventos culturales… evaluación, calificación y certificación de notas, que en muchos casos no se alcanza a realizar en la institución; diligenciamientos de diarios de campo, informes y fichas para la coordinación institucional (…) tareas para estar al día con la gestión académica y administrativa” (Echeverri y López, 2009). Un moverse de aquí para allá para estar al tanto de situaciones que sobrepasan su desempeño; cumplimiento de tareas que, muchas veces, no culminan ni en el espacio íntimo de sus casas.

Son maestros y maestras de “buenas” obras, de un saber hacer, de un saber relacionarse. Obras-maestras que se hacen en el día a día, que resuelven y crean en medio del palpitar escolar. En sus enseñanzas subsiste un proceso de creación al responder a esos acontecimientos que llegan sin que sepan, por lo general, cómo actuar. Sin embargo, les hacen frente desde una fragilidad que invoca una acogida, un encuentro investido de alteridad. Si bien muchas veces han querido “tirar la toalla”, un gesto inesperado de solidaridad, de bondad, el revertir la decisión de un estudiante de abandonar la institución, o el ser visitado por quien que un día fue su alumno, les hace sentir, esperanzadamente, que son parte de la vida biográfica de la escuela. Desde estas posibilidades su obrar también es un producto, o sea, el resultado de una actitud reflexiva sobre sus prácticas y desempeños, los cuales están estrechamente relacionados a su enseñanza.

Concluyamos entonces con este imperativo pedagógico: –¡Obrad Maestra!, obrad porque aún tienes mucho que enseñarnos, que compartirnos en medio de tus incertidumbres y certezas; obrad que la escuela aún te espera, así parezca que los días son los mismos y que tus acciones no mueven la realidad; obrad que los estudiantes requieren ser enseñados, despertar a tus cuidados, sentir que alguien distinto a sus padres les escucha; obrad que una porción del mundo requiere ser explicada, enseñada desde un conocimiento que se aproxima a la verdad y no solo por un sentido común; obrad en la vida de nosotros, para seguir siendo esa obra-maestra que actúa con desmesura en nuestras cotidianidades, realidades que desbordan la escuela y se insertan en la vida misma de nuestras existencias.

Referencias

Echeverri-Jiménez, G. (2009). La intelectualidad y el pensamiento del maestro. Demandas y desempeños: una tensión. Medellín, Universidad Pedagógica Nacional, Universidad de Antioquia

Saldarriaga O. (2024). ¿Qué es la práctica pedagógica? Preguntas para preguntar. Conferencia. Universidad del Cauca

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