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Un amo para la eternidad: el Santo Ecce Homo del liberto Juan Antonio de Velasco

Por Beatriz Eugenia Quintero Espinosa[1]

La adoración del Santo Ecce Homo o Señor de la Caña, al parecer nació en Europa en el siglo XV y, muy posiblemente, ya se veneraba en Popayán desde antes de los hechos que narraremos aquí. En este sentido, el culto local recibe un gran impulso de Juan Antonio de Velasco, hombre pardo que nació esclavo y a quien, en 1670, cuando contaba con aproximante 19 años de edad, su amo Francisco de Aranda y Centeno, cura y vicario de Almaguer, le otorgó la libertad.

Santo Ecce Homo. // Foto Junta Pro culto Santo Ecce Homo de
Popayán

La ciudad de Popayán es conocida internacionalmente por las celebraciones religiosas que se realizan en torno a la Semana Santa, cuyas procesiones podemos rastrear localmente a través de diversos documentos desde 1556 hasta nuestros días; desfiles religiosos en los que observamos diferentes momentos de la pasión, muerte y resurrección de Cristo, representadas en los numerosos pasos que, a lo largo del tiempo, se han elaborado para completar la puesta en escena de la redención de la humanidad por medio del sacrificio del Hijo de Dios.

Cada una de las imágenes religiosas que noche a noche podemos observar en las calles durante la Semana Mayor, fue cuidadosamente escogida en diferentes momentos a través de los casi cinco siglos que comprenden la historia y tradición de esta celebración local. En esta ocasión, hablaremos de una de las advocaciones que despertó en la feligresía payanesa una devoción especial, que podemos rastrear desde el inicio, al poco tiempo de instalar su imagen en un lugar de culto público, hasta nuestros días: el Santo Ecce Homo, imagen popularmente conocida entre la feligresía payanesa como El Amo.  Esta talla, con características propias de la escuela quiteña, realizada en madera policromada, ubicada en el santuario de Nuestra Señora de Belén en Popayán a finales del siglo XVII, merecería por la singularidad de su historia, un análisis mucho mayor del que aquí ofrecemos, sin embargo, trataremos en este escrito de exponer los principales aspectos del origen de dicho santuario y su culto.

La adoración del Santo Ecce Homo o Señor de la Caña, al parecer nació en Europa en el siglo XV y, muy posiblemente, ya se veneraba en Popayán desde antes de los hechos que narraremos aquí. En este sentido, el culto local recibe un gran impulso de Juan Antonio de Velasco, hombre pardo que nació esclavo y a quien, en 1670, cuando contaba con aproximante 19 años de edad, su amo Francisco de Aranda y Centeno, cura y vicario de Almaguer, le otorgó la libertad.

Una vez obtenida la condición de hombre libre, Velasco se dedicó al comercio, actividad con la que pudo reunir una buena cantidad de recursos y adquirir el terreno sobre el que se encuentra la ermita de Belén, construir la misma, dar el dinero suficiente para que la orden masculina de los carmelitas viviera en ella, dotarla de los elementos y ornamentos necesarios para la liturgia (paños, vasos y copas, entre otros) y donar las imágenes de Nuestra señora de Belén, el Niño Jesús, San José, San Miguel Arcángel, el Ángel de la Guarda, el Salvador del Mundo y el Santo Ecce Homo –esta última había sido traída desde la ciudad de Pasto sin encarnar y debió terminarse a su llegada–, según consta en la escritura pública realizada en la Notaría de Popayán el 27 de abril de 1689 donde fue registrada esta donación, documento en el cual también se especificaron los días en los que se permitía la salida de dichas imágenes en procesión, con una cláusula en la cual se estableció que deben regresar a la iglesia de Belén sin que puedan trasladarse de manera permanente a otro templo. Todo lo anterior contó con el aval de las autoridades eclesiásticas, que en cabeza del obispo de la época Cristóbal Bernaldo de Quiroz, autorizaron la apertura del santuario al público.

Se desconoce el momento en el cual la población de Popayán empezó a referirse a la imagen del Ecce Homo como “El Amo”, pero posiblemente, y dado que su culto tuvo gran acogida entre la gente del común, se hizo para reafirmar la condición de los devotos que, como el liberto Juan Antonio de Velasco, no tenían señor terrenal al cual rendir cuentas y por lo tanto su único y verdadero amo era Dios. En este sentido, la devoción a la imagen del Santo Ecce Homo creció entre la feligresía, quienes empezaron a atribuirle varios milagros y a recurrir a esta advocación de Cristo para clamar socorro ante los diversos males que aquejaban a la localidad, al punto que en 1788 fue reconocido como el santo patrono de la ciudad y se instaló como símbolo de protección en 1789 frente a la iglesia de Belén, una cruz tallada en una sola pieza de piedra de cantera, elaborada por el artesano Miguel de Aguilón, y en cuyo pedestal se encuentran labradas cuatro desgracias que aquejaban a los payaneses a fines del periodo colonial, quienes intentaban conjurarlas de la siguiente forma: un “Padre Nuestro” a Jesús para que nos libre del comején, un “Ave María” a Santa Bárbara para que nos defienda de los rayos, un “Ave María” a la Madre de Misericordia para que no sea total la ruina de Popayán y un “Padre Nuestro” a San José para que nos consiga buena muerte; sin olvidar que el culto a El Amo tuvo un gran impulso en la década del cuarenta en el siglo XX, cuando se institucionaliza la Procesión del Primero de Mayo aunada a la celebración del día de los trabajadores.

A lo anterior, debemos añadir que ante catástrofes colectivas que de manera repentina asolaron la ciudad, la comunidad en compañía de las autoridades civiles y eclesiásticas trataron de obtener protección divina con procesiones, novenarios y rogativas que partían de la ciudad y se dirigían hacia el santuario de Belén o viceversa: “por las muchas aguas que afligían a esta ciudad” (1786), para pedir clemencia ante la peste de viruela y sarampión (1787), por la plaga del comején (1788 y 1800), “contrarrestar la plaga de la langosta” (1806), “para evitar la epidemia del cólera” (1832), entre otras, a las que debemos sumar las que se desarrollaron en el 2022 para que cesara la epidemia del Covid-19 y en el 2023 por la paz del departamento del Cauca.

Para concluir, debemos anotar que pese a los varios tratamientos que se le hicieron, la imagen original de El Amo fue afectada por la plaga del comején y para mediados del siglo XX ya se encontraba bastante carcomida por el insecto, situación que hizo necesario su remplazo por una réplica exacta que en su momento elaboró el escultor español José Lamiel, imagen que actualmente observamos en los diferentes desfiles procesionales de los que hace parte y que, como sucede con las demás representaciones religiosas que año tras año podemos observar en estos actos litúrgicos, son también una invitación para aproximarnos y entender nuestra historia, observar las creencias, temores, anhelos, diferencias y similitudes que como sociedad hemos tenido a lo largo del tiempo.

Beatriz Eugenia Quintero, Directora del Archivo Central del Cauca

FOLIO DEL LIBRO del Cabildo de Popayán, 8 de mayo de 1788, en la

que para asegurar “el común remedio y consuelo y habiendole siempre

experimentado esta ciudad el amparo del… Santa Ecce Homo que

se venera en la capilla de la ermita… de Belén… hiciese una rogativa

todo el pueblo” para expiar “las culpas único origen de las adversidades

comunes”. // Foto suministrada.

Rostro del Santo Ecce Homo. // Foto Junta Pro culto Santo Ecce Homo de

Popayán

LA IMAGEN DEL Santo Ecce Homo repujado, una obra de arte sacra que trasciende el tiempo.

// Foto Junta Pro culto Santo Ecce Homo de Popayán.

  1. Historiadora de la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá y Magister en Historia de la Universidad del Cauca, actualmente es docente del departamento de Historia de esta última institución y dirige el Centro de Investigaciones Históricas José Ma. Arboleda Llorente, archivo histórico de la misma.

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