miércoles, julio 17, 2024
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Viaje al volcán Puracé

Por JESUS H. ASTAIZA MOSQUERA

Amanecía un sábado de principios de enero. La iglesia de San José tocaba su orquesta de campanas a las 5 de la mañana y a esa hora, en la esquina de los tamales de las Montillas, los amigos de la Esquina del Movimiento, nos juntamos para transportarnos en un bus escalera al volcán Puracé. Al escuchar la algarabía unas monjitas curiosas se asomaron por las ventanas de San Agustín y un gallo desafinado cantó.

La carretera como una serpentina se tendía por los filos, lomas y cañadas. Popayán se iba quedando atrás con sus lucecitas coloniales. Un carro lechero pasó pitando: dejá dormir… no le echés agua a la leche, se escuchó. Pasamos el crucero de Coconuco donde ya unos campesinos descargaban tinas de leche y quesos cubiertos con hojas de biao. A medida que íbamos avanzando aclaraba el día y se veían los arrayanes, pinos, duraznos y el ganado en las portadas.

Llegamos al pueblo de Puracé. Linda acuarela en pleno corazón del campo verde. Rodeado de lomas tejidas en colcha de trigales, pastos, flores, hortalizas y frutales. Arrumadas de frío estaban las casitas de paja y teja, primorosamente colocadas a lado y lado de la empinada calle, por cuyos techos se escabullía tímidamente un humillo que esparcía un olor a café recién colado.

Al final una tienda con rejas de madera nos ofreció agua de panela caliente con queso fresco y un pan dorado con sabor a paraíso. Seguimos. La neblina noctámbula, descorría su traje blanco y mostraba la esbelta desnudez del paisaje.

El cielo se fue pintando de azul y sobre él se mantenía un escudo con alas, o un cóndor con Colombia a cuestas, que lánguidamente volaba hacia una peña vertical por cuyo pecho corría una hermosa cascada.

Nos bajamos en el crucero de la Mina y continuamos a pie por una carretera que el azufre había amarillado.

Cesar Urrutia, viejo empleado de Industrias Puracé nos atendió con frugal desayuno. Un socavón abría sus fauces y se tragaba volquetas enteras atestadas de obreros. Serían las 9:00 a.m cuando iniciamos el ascenso. El volcán dejaba ver refulgente su perfil entre azul y verde bajo la clámide del cielo. Hilos de plata bajaban y al lado una fumarola lanzaba bocanadas de humo.

Matizaban la llanura leves promontorios de piedras, líquenes, pajonales y frailejones. Pequeños charcos cristalinos atraían el azul del cielo para revolverlo con sus verdes y amarillos.

El arco iris tendió su hermoso puente de colores y el sol disparó entre su arcada una flecha de luz.

La fatiga empezó a sentirse y nuestros ojos seguían prendidos de la altura. Caminábamos lentamente pero juntos. El frío tiñó nuestras mejillas de achiote desleído y el aire empezaba a escasear en los pulmones. El olor a azufre era penetrante. El ascenso cada vez más pronunciado, obligó a comerse parte del avío que nuestras madres habían preparado y cubierto con hojas de plátano.

El corazón asesaba cual un perrito faldero y el volcán como un buey cansado rumiaba sus fuegos interiores y soplaba por uno de los ventanales de la nariz, el vapor de cenizas calcinadas. Llegamos a un arenal, que hizo difícil caminar de pie. Gateamos para resbalar menos. Dos pasos para adelante y uno para atrás. Fue una eternidad cruzarlo y al fin el volcán… Seria la una de la tarde… Bello inmenso, espectacular; una vez que se tiene de cerca no es de extrañar la sensación que causa. Su estado natural impacta. Nos paramos y oteamos el horizonte: Popayán, rememorando glorias, más allá Munchique y muy lejano, imaginábamos el Océano Pacífico, recordado por “las algas marineras y los peces testigos son de que escribí en la arena tu bien amado nombre muchas veces.”.

La gritería no se hizo esperar. El volcán dejaba ver su enorme boca, seca, reseca que se atragantaba de fina arenilla y de inciensos sulfurosos. Soplaba fuertemente el viento: ¿de Sotará? ¿Coconuco? ¿El nevado del Huila? Vaya usted a saberlo. Una nube pasó cerca, el arco iris, como un pavo real, recogió sus plumas y las guardó en el baúl de las mil y una noches.

La emoción era total. En un momento de euforia o de locura incontenible, Alfonso o quizás Lalo Férix, se acercó al filo de la boca del volcán, y con todas sus fuerzas gritó: ¡si sos tan macho reventá! ¡Sé varón!…. ¡estallá! Omar Acosta, con los ojos desorbitados, sobrecogido de espanto, lleno de pánico, se arrodilló, juntó las manos en actitud de oración y mirando al cielo, exclamó:

¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡no le hagás caso a este hijueputa!

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