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Ya viene la fiesta de la madre

Por Jesús Astaíza Mosquera

No voy a devanarme los sesos ni mucho menos entrar en discusiones diciendo si los tiempos de antes fueron mejores o no. Lo único cierto, es que la pasábamos bueno, y en medio de todo, hasta sanamente. Nos contentábamos con poco sin dejar de soñar, y por ello, se puede decir que éramos felices y vivir valía la pena.

Se dialogaba en cualquier momento y ese contacto permanente obraba en cierta calidez en las relaciones, pues se contaban historias, se referían cuentos, se echaban chistes y los ratos pasaban amenamente. Ahora, si no se tiene celular a la mano para vivir conectado con otro y desconectado con los que nos rodean y creer que estamos haciendo mucho, nos estamos engañando. Valemos un saludo de: ”qui’ay”, ¡chao! y nada más, que deja un sabor frío y lejano de lazos afectivos, tan necesarios en los actuales momentos.

Al hablar se sentía el calor humano, así fuera con regaños y la madre se convertía en el eje de la casa porque todo lo conocía, sabía lo que se hacía, lo que se dejaba de hacer, y por sobre todo, estaba allí cuando se le necesitaba. Su oficina era el hogar y nada se realizaba que ella no supiera o pasara por sus manos como los arrullos de su boca. De lo más mínimo se daba cuenta y era una consejera sin igual. Daba la impresión de que todo lo hubiera vivido para conceptuar con tanta propiedad, responsabilidad, ética y capacidad de juicio y muchas, sin tanta academia, sino basadas en la espontaneidad del sentido común o en la magia de la intuición femenina. Con sólo mirar comprendían sin pedir explicaciones y manejaban la respuesta con pasmosa prudencia.

La vida del hogar era más apacible. Las mamás, sin salir, tenían el polo conectado a tierra para recibir o adivinar información. –Un pajarito me lo dijo-, solían decir. No había forma de engañarlas, conocían las minucias, los artilugios y antes de un suspiro pillaban la mentira. Nos corregían de inmediato y a punta de cantaleta, -como extraño la cantaleta de mi mamá-, nos convencían con la palabra, nos persuadían con el ejemplo y cuando ya era de más, no faltaban los coscorrones, un pellizco al socarrón y de continuar, la magia de la correa nos enderezaba para siempre. Qué complejos ni qué ocho cuartos. No se perjudicaba el desarrollo de la personalidad. Al contrario, a esa forma de educar le debemos mucho. Ser permisivos, digan lo que digan, no es tan bueno. Muchas cosas suceden por no decir o corregir a tiempo, claro que no tan duro.

Con ello no quiero decir que las cosas se solucionaba a punta de correa, o chancleta, porque paciencia era lo que tenían para irnos llevando poquito a poco. Hasta para comer practicaban métodos de planeación estratégica, justo a tiempo, la teoría del rebaño y hojas de ruta, cuando la niña no quería comer: que una cucharadita por su abuelita, que otra por el perrito, que otra por la muñequita, y otra por el Niño Dios para que no le falte su regalito, y así, hasta acabar con semejante “tazota”.

Por eso es que muchos de nosotros, nos acostumbramos a no rebajamos el caldito ni de vainas y a soportar de pie uno que otro escalofrío… o un desmayo porque no nos cundieron de comida chatarra. Todo natural. Las papitas fritas no se ofrecían y los “chitos” eran únicamente para que nos calláramos. Nos iban formando con el vivo ejemplo de la casa.

Algunos colegios al iniciar el año escolar enseñaban a sus alumnos el ahorro, consistente en guardar en un marranito, -no era el marido-, de barro, las monedas economizadas de lo que nos daban para el recreo, que después utilizábamos para comprar el regalo del día de las Madres o ir haciendo con tiempo en la hora de los trabajos manuales: carpetas bordadas, marcos de madera o cartón como porta retratos, individuales tejidos, pañuelos o flores de lino. La fiesta del padre todavía no aparecía en el calendario, no porque no se supiera quien fuera, sino que el comercio no había caído en cuenta de que era un buen negocio.

Además se organizaban actos para su celebración: poesías, canciones, bailes, obras de teatro y los infaltables: vino y ponqué. Dichos eventos resaltaban: el ahorro, el amor, la solidaridad, la generosidad y sobre todo la gratitud, valor tan olvidado y casi desconocido hoy.

En instituciones como el SENA, el día de la Madre era todo un acontecimiento. Cada Instructor con los alumnos del respectivo taller elaboraban un artículo para ser rifado y las instructoras doña Dora de Millán, doña Lida de Rosero, Lucy Ramírez, Socorro de Salazar, Lucy de Cerón, Graciela de Burbano, se fajaban inolvidables platos, ponqués y organizaban la repartición de regalos. Los integrantes del teatro del SENA: Gerardo Martínez, Jorge Burbano, Fabio Manzano, Ramiro Bermúdez, Nora García, Fanny Ledezma y el famoso declamador Guillermo Ordoñez, actuaban en el homenaje con impresionante capacidad y creatividad.

Recuerdo, que había escrito un lírico soneto a la madre, -basado en la historia real de un alumno-, al que se le agregó una hermosa coreografía y sentida dramatización, para presentarlo en tan importante momento, cuyos versos decían:

SILENCIOSA ESPERA.

Contemplaba mi madre en la fría

noche, la soledad del firmamento

y yo sobre su pecho, contento

dejaba correr mi niñez y lozanía.

Pero empañó una escena mi alegría

y conturbó el plácido momento

cuando del rostro de la madre mía

corría el llanto silencioso y lento.

Joven ya, comprendí su pesadumbre:

guardaba mi madre la esperanza

del retorno de mi padre ausente.

Así la vi suspirar bajo la lumbre

y siempre fiel a lo que no se alcanza

encaneció su pelo y marchitó su frente.

Fue tal la dramatización y el sentimiento que afloraron en torno repentinas lágrimas. Al terminar, mi esposa Carmen me besó feliz; mi madre Ana Julia me abrazó agradecida y una de mis hermanas, Dina, me dijo: ¡nooo!, ¡Jesús!, el próximo año que sea con algo de risa, no “fregués” con esa lloradera…y tanto problemas juntos.

Al año siguiente se organizó la Fiesta de la Madre con una obra de teatro muy simpática y alegre. Al final una poesía dedicada a las madres y esposas, que escribí para la ocasión, siguiendo la recomendación de mi hermana:

AL REGRESO.

Una noche al regresar de mi labor

mi esposa se acercó pausadamente

y sin despertar el más leve rumor

aproximó sus labios a mi frente

En sus bellos ojos vislumbré el amor

de una mujer feliz al pretendiente

y en aquel instante me envolvió el rubor

que acompaña al marido adolescente.

No opuse resistencia…a su manera,

se fue acercando y con voz muy queda

murmuró: ¡como yo, no hay quien te quiera!

Me abrazó con sus manitas de seda

y al sentir en el apretón mi billetera

inquieta preguntó: ¿Cuánto te queda?

Como es de suponer, el público que estaba preparado para llorar, estalló de risa y el evento resultó a todas luces de excelencia. Al terminar cuando las madres agradecían, se acercó una de las señoras y muy decentemente me dijo: don Jesús, lo felicito…todo muy bonito, pero no crea, hace falta la lloradita.

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